Una experiencia pagana en Grecia

24.06.2019


Dícese que los regalos persuaden aun a los dioses. - Eurípides de Salamina

El Partenón
El Partenón

El día que conocí a Zeus

Hacía Sol, las nubes estaban diluidas en el cielo azul e incluso hacía calor. Nos encontrábamos en abril. Fuimos caminando hacia la Acrópolis, un camino muy recomendable y muy bonito. Al ir subiendo pasamos por jardines, templos y diferentes estructuras antiguas. Todo precioso.

Al llegar a la entrada de la parte alta de la acrópolis una sensación extraña me recorrió el cuerpo, algo parecido a un estremecimiento, un escalofrío quizás. Entré por ese increíble portal, una entrada que te introduce a un mundo totalmente nuevo. Aquí comenzaron a llegar las emociones fuertes.

La primera imagen: el Partenón grande y glorioso delante de mis ojos, siempre lo había visto en fotografías y siempre había querido verlo en persona. Sueño cumplido. Unas cuantas fotos por aquí, otras cuantas por allá y de repente, todo oscureció. Sí, como si de una película de catástrofes naturales se tratase comenzó a oscurecerse el cielo. Lo cierto, es que no me pareció demasiado extraño, pero poco a poco la sensación de misterio se fue acrecentando en mi interior. 

Las nubes tormentosas...
Las nubes tormentosas...

Comenzó a llegar hacia nuestra posición unas nubes negras y tormentosas. El mismísimo Zeus estaba ahí, cualquiera lo podría haber jurado. Empezaron a caer relámpagos y un diluvio tal, que el de la Biblia parecía una nimiedad. Llovió tanto, tronó tanto que todo el mundo que allí se encontraba salió por patas. No quedó nadie en el recinto, salvo cuatro gatos atrevidos que ahí estaban. ¿Adivináis quién estaba entre esos cuatro gatos, no?

Exacto. Ahí estaba yo, con cara de pasmarote viendo crecer y crecer el ritmo de la tormenta. Sinceramente, no todos los días estás en el Partenón y Zeus se aparece delante tuya. Había que quedarse. 

Cuando salí de mi ensimismamiento me fijé en que unas turistas, de tez asiática, estaban cayéndose y resbalándose por doquier. Claro, todos sabemos que los griegos habían sido una civilización emergente, creadora de la democracia y de muchas cuestiones importantes. Pero se nos pasó algo a todos que a ese par de turistas asiáticos no se les pasó: el mármol resbala. Todo estaba construido en mármol. Y para colmo y desgracia de esos turistas, no solo llovía sino que además comenzó a granizar. ¡Pobrecillos!

Pero ahí seguía yo, mirando el cielo y contemplando un escenario único e inigualable. Quién podría llegar a decir que conocería todo el esplendor de Zeus un día como ese. 

La acrópolis desde fuera
La acrópolis desde fuera

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